EL MENSAJERO
Yo mismo, cara reina, he sido de cllo testigo, y hablaré sin ocultar nada de la verdad; puos ¿de qué serviria el mitigarla, cuando después tendría que descubrirse nuestro engaño? La verdad es siempre nuestro recto camino.— Yo seguía á tu esposo, guiándole hacia la extremidad de la llanura, donde yacía aún despiadadamente entregado á la voracidad de los perros, el cadáver de Polynice. Una vez allí, eleyvamos nuestras preces á la Trivia Diosa y á Plutón, demandándole que depusiesen su enojo y nos fuesen propicios; rociamos sobre el difunto el agua lustral; reunimos ramas recien cortadas; entregamos á la combustión aquellos restos, y lc crigimos una excelsa sepultura con
tierra de la patria. Desde alli nos encaminamos seguidamente hacia la caverna donde la mísera doneella eneontró el tálamo nupcial de la Muerte. Aún nos hallábamos lejos, euando uno de nosotros oyó elaramente unos gritos que salian del fondo de aquella tumba privada de los honores fúnebres, y eorrió á anunciárselo al rey. Aproximóse Creonte, y no tardó en oir el sonido confuso de un elamor gemebundo, y exhalando un suspiro, dijo: «¡Ay, míisero de mil ¿Debo creer en mis pensamientos? ¿Es un eamino funestisimo el que sigo en estos instantes? La voz de mi hijo ha vibrado en mis oídos. Corred, volad, siervos hacia la tumba de Antígona, quitad el montón de piedras que eierra lá entrada, y examinad eon vuestros ojos en la eaverna si es realmente de Hemón la voz que estoy oyendo, ó si me veo engañado por los dioses.»
Antigone. Antonio G. Garbin. Madrid. 1889.