Yo, querida reina, que estuve presente, te contaré la verdad, y no omitiré palabra. ¿Pues para qué te he de sosegar con un relato que luego me ha de hacer aparecer como embustero? Lo mejor, siempre es la verdad. Yo seguía a tu marido acompañándolo hacia la eminencia del paraje donde aun yacía el no llorado cadáver de Polinices despedazado por los perros; y
à
a éste, después de suplicar a la diosa protectora del tránsito y a Plutón, para que
benevolos
benévolos aplacaran su ira, lavamos con agua lustral y quemamos sus restos sobre ramas recién cortadas; y habiéndole erigido un elevado túmulo con tierra de la patria, nos fuimos en seguida hacia la gruta que de piedras se había hecho para cámara nupcial de los desposorios de la muchacha con Plutón. Uno de nosotros oye el grito de agudos lamentos que lejanos resonaban en aquella cámara privada de los fúnebres honores, y corriendo, se lo anuncia al amo Creonte. Y cuando éste, que
oia
oía el confuso clamor de tristes lamentos, llegó más cerca de la tumba, rompiendo en llanto se arrojó con estas dolorosas palabras: «¡Ah infeliz de mí! ¿Será cierto lo que me dice el corazón? ¿Acaso me hallo en el tránsito más desdichado de los pasos de mi vida? Me suena la voz de mi hijo. Pero, ¡siervos!, venid aquí corriendo; y llegados a la tumba, arrancad la piedra que cierra la boca del hueco; y entrando en él, ved si es de Hemón la voz que oigo, o si me engañan los dioses.»
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Y mira lo que vimos al cumplir las órdenes de nuestro abatido señor en el fondo de la tumba vimos a ella ahorcada en un lazo que, formado con la tela del ceñidor, se había adaptado al cuello; y a él, que
echadó
echado sobre ella la encerraba en sus brazos, llorando la pérdida de su prometida, que ya
vivia
vivía en el infierno, y la orden de su padre y su infortunado casamiento. Éste, así que lo
vió
vio, dando un horrible grito se lanza dentro hacia él, y gimiendo amargamente le dice: «¡Ah infeliz! ¿Qué has hecho? ¿Qué pensamiento ha sido el tuyo? ¿En qué desgracia te vas a perder? Sal de
ahi
ahí, te lo ruego,
suplicandó
suplicando.» Pero el muchacho, mirándole con enfurecidos ojos, y escupiéndole a la cara y sin contestarle, tira de su espada de doble filo y erró a su padre, porque éste se
dió
dio a la fuga. Entonces el infeliz, irritado contra sí mismo como estaba, se inclinó apoyando el costado en la punta de la espada; y en sus teñidos brazos, anhelante aún, se abrazó de la muchacha, enviándole en su estertor rápido chorro de sangre, algunas gotas de la cual enrojecieron las pálidas mejillas de la novia. Y
alli
allí yace un cadáver sobre otro cadáver, habiendo alcanzado el desdichado el cumplimiento de sus bodas en la mansión de Plutón, y demostrando a los mortales que la imprudencia es para el hombre la mayor de las desgracias.