EL CENTINELA
407
El hecho ha ocurrido así. Bajo el terror de tus tremendas conminaciones, llegamos allá y barrimos la tierra que cubría el cadáver. Después que dejamos enteramente descubierto aquel cuerpo ya en corrupción, subimos á sentarnos en lo alto de las colinas, al abrigo del viento, y huyendo de los fétidos miasmas. Excitámonos unos á otros á la vigilancia, conminando á todo el que pudiera descuidar la faena. En tal estado permanecimos hasta el momento en que el disco brillante del Sol llegaba al promedio de su carrera, despidiendo fuego abrasador. Súbitamente un furioso huracán levanta en remolino una polvareda que llegaba hasta las nubes, é invadiendo la llanura, arrancaba las hojas á los árboles, extendiéndose la tormenta por el anchuroso Cielo. Nosotros, con los ojos cerrados, soportábamos aquel divino castigo. Pasado el temporal, al cabo de largas horas, percibimos á esa joven, dando gritos agudos y lamentables, cual pájaro que no encuentra á su tierna cría en el desierto nido. De tal modo, al mirar al difunto despojado de la tierra que le cubriera, prorrumpió en gemidos y lanzaba imprecaciones contra los autores de tamaño ultraje. Seguidamente coge con sus propias manos árida tierra con la que cubre el cadáver, honrándole hasta tres veces con fúnebres libaciones, que vierte del fondo de una preciosa copa de bronce. Tan luego como vimos esto, nos arrojamos sobre ella y la prendimos. Y en verdad, ella permaneció impávida. Interrogámosla sobre sus actos anteriores y por el que acababa de consumar, y nada negó absolutamente: confesión que fué para mí grata y dolorosa á la par; gratísima, porque me libertaba del castigo; dolorosa, porque siempre causa tormento exponer á los amigos. Pero ante todo, es lo natural que miremos cada cual por nuestra salvación.
Antigone. Antonio G. Garbin. Madrid. 1889.