EL CENTINELA
¡Señor! No diré que la rapidez de mi marcha me ha dejado sin alientos, porque me han detenido, y aún me han hecho á veces retroceder, los pensamientos que me han agitado durante mi camino. Oía que la voz interior de mi alma unas veces me decía: «¡Desdichado! por qué vas tan de prisa adonde has de sufrir el castigo?...» y otras: «¡Infeliz! ¿por qué te detienes? Si el caso llega á noticias de Creonte por otra persona, ¿cómo podrás librarte de su cólera?» Lentamente avanzando en medio de estas reflexiones, he llegado al término: ¡ay! el camino más corto, se hace de tal modo largo y penosísimo. Me he decidido, por fin, á presentarme ante tí; y, aunque voy á dar cuenta de un hecho inexplicable, hablaré: pues me sostiene la esperanza de que no sufriré más que lo que me esté reservado por el destino.
Antigone. Antonio G. Garbin. Madrid. 1889.