CREONTE
Ahora... vigilad porque se cumplan mis decretos.
CORO
Confía á otros, á otros más jóvenes ese encargo.
CREONTE
Quedan colocados centinelas al lado del cadáver.
CORO
¿Tienes algo más que recomendarnos?
CREONTE
Que seáis severamente inflexibles con los que osaren desobedecer mis mandatos.
CORO
Nadie habrá tan insensato que quiera morir.
CREONTE
¡Oh! ese sería, en efecto, el pago que llevaría. Pero á veces la esperanza del lucro conduce á los hombres á su perdición.
Preséntase en la escena uno de los guardias encargados de custodiar el cadáver de Polynice.
El Centinela y Creonte
EL CENTINELA
¡Señor! No diré que la rapidez de mi marcha me ha dejado sin alientos, porque me han detenido, y aún me han hecho á veces retroceder, los pensamientos que me han agitado durante mi camino. Oía que la voz interior de mi alma unas veces me decía: «¡Desdichado! por qué vas tan de prisa adonde has de sufrir el castigo?...» y otras: «¡Infeliz! ¿por qué te detienes? Si el caso llega á noticias de Creonte por otra persona, ¿cómo podrás librarte de su cólera?» Lentamente avanzando en medio de estas reflexiones, he llegado al término: ¡ay! el camino más corto, se hace de tal modo largo y penosísimo. Me he decidido, por fin, á presentarme ante tí; y, aunque voy á dar cuenta de un hecho inexplicable, hablaré: pues me sostiene la esperanza de que no sufriré más que lo que me esté reservado por el destino.
CREONTE
Antigone. Antonio G. Garbin. Madrid. 1889.