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También sufrió Dánae cambiar la celestial luz por las tinieblas en mansión ceñida de bronce, y escondida en funerario tálamo está aprisionada. Y en verdad que por su nacimiento era ilustre, ¡oh niña, niña!, y guardaba en su seno los gérmenes de la lluvia de oro de Júpiter. Pero la fatalidad tiene una fuerza terrible ni las riquezas, ni Marte, ni las torres, ni las negras naves que sufren el embate de las olas la pueden evitar.
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Fué
Fue encadenado también el irascible niño hijo de Driante y rey de los edones, quien, por su
indole
índo- le procaz,
fué
fue encerrado por Dióniso en pétrea cárcel;
y así, la terrible y vigorosa violencia de su iracundia se desvanece gota a gota; reconoció él que en su furor había insultado a un dios con su ultrajante lengua. Quería, en verdad, acabar con las endemoniadas bacantes y con el báquico fuego, y ultrajaba a las musas amantes de las flautas.
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Y junto a las negras rocas de los dos mares
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están las orillas del Bósforo y la inhospitalaria Salmideso de los tracios, en donde Marte, el protector de la ciudad,
vió
vio la execrable herida que a los dos hijos de Fineo infirió la fiera madrastra, que les arrancó los ojos de las órbitas, cruelmente doloridas, sin valerse de espada, sino con sangrientas manos y aguda punta de lanzadera;
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y deshaciéndose en
lågrimas
lágri- mas los desdichados, lloraban la desdichada suerte que les cupo por nacer del
ilegitimo
ilegítimo casamiento de su madre; y ella era de la raza de los antiguos Erectidas, y se había criado en los lejanos antros, en medio de las tempestuosas tormentas de su padre Bóreas, que,
rápido
rápi- do como un corcel, corría a pie firme sobre el helado mar, pues era hijo de un dios. Pero sobre ella estaban las Parcas de larga vida, ¡oh hija!