TIRESIAS
Lo sabrás
asi
así que oigas los pronósticos de mi arte; pues al tomar asiento en el antiguo sitial de mis agoreras observaciones, donde tengo la estación de toda suerte de
aligeros
alígeros,
oi
oí desconocidos gritos de aves que graznaban con infausta y extraña furia, y comprendí que se desgarraban unas a otras con sus ensangrentadas garras, porque el ruido de su aleteo no era equívoco. En seguida, lleno de temor, quise hacer la prueba en las ofrendas que tenía en los altares, del todo encendidos. Pero el fuego no sacaba llama de las
victimas
víctimas, sino que la grasa derretida de los muslos se
fundia
fundía sobre la ceniza y humeaba y chisporroteaba; la hiel se disipaba en vapor, y de los muslos, destilando la grasa que los cubría, quedaron los huesos. Tales son los presagios funestos de estos misteriosos sacrificios que he sabido por este niño; pues él me
guia
guía a mí, así como yo
guio
guío a los demás. Y esto lo sufre la ciudad por causa de tu determinación; porque nuestros altares y hogares sagrados han sido invadidos todos por las aves y los perros que se han saciado en el cadáver del infeliz hijo de Edipo. Por esto los dioses no aceptan de nosotros ni las plegarias de los sacrificios ni la llama de los muslos de las
victimas
víctimas; ni ave alguna deja oír gritos de buen agüero, porque se han saciado en la pringue de la sangre corrupta de un cadáver. Por esto, hijo, reflexiona, ya que común a todos los hombres es el errar; pero cuando el hombre yerra no es necio ni infeliz si, reconociendo su error, se enmienda y no es terco; que la terquedad acusa ignorancia. Aplácate, pues, ante el difunto y no aguijonees a un cadáver.
Antigone. Sófocles. Madrid. 1921.
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