Ismena
¡Ay de mí! Reflexiona, hermana, que nuestro padre murió aborrecido e infamado,
depues
después que, por los
peçados
pecados que en sí mismo había descubierto, se arrancó los ojos él mismo con su propia mano. También su madre y mujer —nombres que se contradicen— con un lazo de trenza se quitó la vida. Y como tercera desgracia, nuestros dos hermanos en un mismo día se degüellan los desdichados, dándose muerte uno a otro con sus propias manos. Y ahora que solas quedamos nosotras dos, considera de qué manera más infame moriremos si con desprecio de la ley desobedecemos la orden y autoridad del tirano. Pues preciso es pensar ante todo que somos mujeres, para no querer luchar contra los hombres; y luego, que estamos bajo la autoridad de los superiores, para obedecer estas órdenes y otras más severas. Lo que
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es yo, rogando a los que están bajo tierra que me tengan indulgencia, como que cedo contra mi voluntad, obedeceré a los que están en el poder; porque el querer hacer más que lo que uno puede, no es cosa razonable.
Antigone. Sófocles. Madrid. 1921.
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